Cerca del país de las hadas había una vez, hace tiempo, un bosque
Muy grande, muy grande, de encinas centenarias. Había en este gran
Bosque una casita pequeña de madera con ventanitas verdes y un
Pequeño tejado de un rojo muy vivo, y en esta casita habitaban una
Diminuta enana con su travieso hijo enano. Habían vivido hasta
Entonces en el país de las hadas, pero como el enanito estaba siempre
Tramando alguna travesura, la reina de las hadas los castigó a que
Viviesen en el bosque hasta que el hijo se convirtiese en un enanito
Bueno. Su padre había sido leñador, por lo que el enanito tuvo la
Siguiente ocurrencia: intentar cortar todas las grandes encinas
Y una mañana muy temprano se marchó con su hacha al bosque. Trabajó
Tanto y tanto que al dar el mediodía estaban sus manos todas
Lastimadas y ni siquiera había llegado a profundizar una pulgada en
La corteza del árbol. Así continuó durante quince días
Pero se cansaba tanto y alcanzaba tan poco en su empeño
Que por fin sentóse a descansar y comenzó a llorar
Amargamente. De tanto que así lloraba, sintió que le tocaban
En el hombro. Era el astuto señor Zorro, que le preguntó
-¡Oh!, ¿y por qué estás tan triste?
El enanito levantó la vista y le contó sus penas. El señor Zorro sabía
Que esos árboles estaban habitados por todas las pequeñas ardillas y
Pajaritos del bosque, y era tan comilón que ya se estaba regocijando
Del gran banquete que se iba a dar si ayudaba al pequeño gnomo en la
Tarea y dejaba sin hogar a todos aquellos animalitos. Por lo tanto
Contóle a su amiguito que a través de las siete montañas, en una
Inmensa cueva, vivía un gigante dueño de un hacha mágica. Partió pues
Nuestro hombrecillo con su hatillo de comida al hombro. Silbando una
Alegre canción, despidióse de su madre y emprendió la marcha. Después
De siete largas semanas, se aproximó a la última, que era la más
Grande de las siete montañas. Un ruido tremendo, semejante al de un
Toro, causado por el ronquido del gigante, parecía sacudirla con una
Fuerza espantosa. Nuestro pequeño amigo se asustó de una manera
Terrible, pero armándose de valor comenzó a ascender hasta que llegó
A corta distancia del gigante dormido. Por suerte, yacía a su lado
El hacha. Silenciosamente se acercó arrastrándose y, cogiéndola
Cortóle al gigante de un gran golpe la cabeza. Apenas se había bajado
El enanito de la montaña cuando ésta se abrió de repente, tragándose
Al gigante. Nuestro enano echó a correr para casa lo más deprisa que
Pudo y, cuando por fin llegó, llamó al señor Zorro y le mostró su
Batín. A la mañana siguiente, al alba, partían ambos al bosque para
Probar su poder y, a su gran satisfacción, caían los árboles como por
Arte de magia. Todos los pájaros huyeron de sus nidos y las ardillas
Saltaron de árbol en árbol llenas de terror. Las crías que no
Pudieron huir fueron a caer en las garras del señor Zorro y éste
Por cierto, diose un soberano banquete. Aquella noche, cuando dormía
Nuestro enanito, le despertó un cosquilleo en la nariz. Sobre la
Cama, a su lado, encontrábase el rey de las ardillas con sus enanos
El soberano le rogó humildemente se compadeciese de ellos, pero el
Enano, cruel, gozóse de su llanto. Despechado y rencoroso, el rey de
Las ardillas levantó el campo. De vuelta ya en su reino, decidió
Convocar en el silencio de la noche a todos los pájaros y ardillas
Del bosque y, después de mucho discutir, llegaron a un acuerdo
Los pájaros carpinteros habrían de picotear en la corteza de los
Árboles hasta que la resina fluyese de ellos y la corteza quedase
Pegajosa. Amaneció el día siguiente apareciendo en el horizonte un
Disco encendido de color de fuego que, poco a poco, fue vistiendo
A la naturaleza de un rico y diverso colorido. Desperezábanse aún
Los árboles y el césped cuando con su fresca caricia les besó los
Buenos días el rocío madrugador. Los trinos de los pájaros en alegre
Algarabía parecían miles de campanitas invitando al despertar
Como de costumbre, empezó el enanito con su tarea, pero... El hacha
Quedó adherida firmemente en el árbol y no le era posible
Desprenderla por más esfuerzos que hacía. Al apoyar el pie para
Lograrlo, quedó igualmente pegado al tronco y lo malo no fue sólo
Esto, sino que en su apuro por soltarse, apoyó también las manos
Sobre la pegajosa corteza y quedáronle asimismo prisioneras
Desde aquí a nuestro enanito chillando y gritando sin lograr
Desasirse en muchos, muchos días y muchas, muchas noches
Pasaron los años, su barba creció con el tiempo y volvióse
Tan blanca, tan blanca como la nieve recién caída. Y aquí
Acaba la historia de nuestro travieso enanito barbudo